Se buscan ejemplos de infancia, adolescencia y adultez: comunicación, juego o intereses, adaptación a cambios, atención, impulsividad, organización y respuestas sensoriales. Un reconocimiento tardío no significa necesariamente un comienzo tardío.
Se compara hogar, estudio, trabajo, relaciones y tareas cotidianas. Las demandas, la estructura externa y las estrategias de compensación pueden hacer que una dificultad sea muy visible en un contexto y poco evidente en otro.
Relatos de familiares o personas cercanas, informes escolares y antecedentes previos pueden aportar. Si no están disponibles, se registra esa limitación y se reconstruye la historia con la mejor evidencia posible; su ausencia no decide por sí sola el diagnóstico.
Conviene anticipar la estructura, usar preguntas claras, permitir pausas y considerar iluminación, ruido, comunicación escrita u otras necesidades sensoriales. Adaptar la entrevista mejora el acceso; no cambia los criterios que deben evaluarse.
También se revisan ansiedad, depresión, trauma, sueño, consumo, aprendizaje, lenguaje, dolor, medicamentos y enfermedades médicas. En TEA se valoran además autocuidado, explotación, abuso, autolesiones y necesidad de un plan de crisis.
La evaluación no se limita a déficits. Incluye capacidades, intereses, estrategias útiles, apoyos actuales, toma de decisiones y preferencias de la persona, porque las necesidades pueden variar entre áreas y cambiar con el tiempo.